
Colóquelas en ese hueco fantástico que imita un nido; cierre la mano en gesto adusto, sin dejar de observarlas a cada segundo.
Con un solo movimiento, evitando distracciones o movimientos pendulares, concentre las puntas de sus dedos en un único centro. Presione. Relaje y rápidamente incline todos los dedos hacia usted, apretando su palma abierta.
Probablemente ya lo haya logrado. Si le quedan dudas, abra la mano en gesto desinteresado pero conspicuo -recuerde que es éste un acto sigiloso, en especial en lo concerniente a sus intenciones- y suelte aquello que guardaba.
Si todavía quedan restos de aquellos cristales-palabras, caerán al piso, y disimuladamente podrá dejar caer alguno de sus pies sobre ellos.
Felicidades. En un abrir y cerrar de ojos logró la desazón esperada, o la maravillosa metamorfosis de cristales amorosos a polvos inservibles.
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